Los traductores en la sociedad actual

¿Alguna vez te has cuestionado de qué forma somos vistos los traductores por la sociedad? Vivimos expuestos a una estrecha unión amor-odio. ¿Cómo es posible que en un mundo globalizado que necesita cada día más nuestros servicios nos trate como algo prescindible? Desde la oficina de traductores en Madrid de Traducciones AGORA queremos hacer una pequeña reflexión al respecto.

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Estas son cuestiones que en estos últimos años se han puesto de manifiesto dentro del sector de la traducción. La imagen que se proyecta el traductor profesional a la sociedad no es, ni de lejos, un fiel reflejo de la realidad ni de las circunstancias de nuestra profesión.

Cualquier persona que haya entrado un poco en el medio de la traducción profesional, muy pronto se dará cuenta de la falta de información y de escrúpulos que hay para con los traductores.

Si eres traductor, seguro que en más de una ocasión has tenido que padecer con estupor, y también cólera, comentarios relacionadas acerca de nuestras tarifas de traducción desorbitadas rozando al timo o bien los titubeos acerca de nuestra aptitud profesional.

Probablemente, si existiese un estudio a este respecto, arrojaría un resultado muy próximo al 100% de traductores que en algún instante se han encontrado en este tipo de situación.

No pretendemos profundizar en exceso sobre este tema. Pero hay algo que en verdad pesa como una losa en el menester diario de un traductor: el intrusismo profesional descarado.

¿Por qué cualquiera con un pequeño entendimiento académico se cree capacitado para acometer una traducción? Pero esto no es todo. ¿Por qué se continúan contando con estos “traductores”?

Los alegatos de los empresarios a la hora de contratar a este tipo de servicios obedecen a temas afines con la mal aplicada economía del ahorro. Con este tipo de acciones, la faceta del traductor profesional queda desdeñada y en entredicho.

Con dichas acciones anticompetitivas, el mercado se despedaza, se denigra y entra en una arrolladora espiral de competencia cercana al canibalismo profesional. En un mercado tan confuso es muy engorroso luchar en igualdad de condiciones con candidatos que están decididos a cobrar 2 céntimos por palabra.

Los estigmas que soportamos deben sobrellevar, primeramente, una sistemática a nivel universal que admita crear una competencia ponderada. Eso sí, el salto más intenso en esta directriz autodestructiva debe generarse en el interior de todos los traductores profesionales.

¿Por qué en las facultades de traducción no se ofrecen asignaturas acerca de la deontología y moralidad en la traducción profesional? Quizá eso asistiría a conocer que el verídico cambio se inicia por uno mismo y no estamos en predisposición de demandar cuando demasiados de nosotros no ejecutamos los términos éticos estipulados.

Al fin y al cabo, el traductor no tiene albedríos únicamente lingüísticos sino que interviene como espectador aventajado de todo lo que acontece a su alrededor. Simulamos ser como los vasos comunicantes que pueden encauzar el saber entre las distintas sociedades. ¿Quizás podemos encontrar algo más placentero?